Turismo en horizontal

Estándar

Stellamara – Laed. madera-cuadro gatodo
http://youtu.be/rmwjc63boz8
Resulina
http://youtu.be/HET9FinAb7k

A mi suegrita

Desembarcamos en mitad de una calle surcada por raíles; tocada por una muralla de piedra; orillada por una alfombra persa de pensamientos y hierba. El tranvía moderno se alejaba; un gato blanco, enorme, de ojos azules como el colgante de ojo turco que pendía de su cuello, nos saludaba amistoso con su pata desde el vagón anuncio. Estambul vestida de noche recibía a tres turistas más. El mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo bautizaban nuestras cabezas convirtiendo el pavimento en mil espejos de azabache.

saliente murallaEntramos y salimos del hotel, el frío marzo no nos impediría aprovechar el tiempo al máximo. La ciudad milenaria dormía brumosa; los nimbos de las farolas enfocaban en el escenario gris las curvaciones de la calle que nos había recibido: el arco de entrada a la muralla a la izquierda; una fuente de mármol blanco veteado de cuatro metros, venida a menos, a la derecha junto a un pequeño pabellón también de mármol, altas ventanas enrejilladas y cúpula de metal, reconvertido en quiosco de prensa; y al otro lado del cableado del tranvía, custodiando la esquina, un edificio de tres plantas de listones de madera, contraído.

curva de calle nochecurva calle día

Al día siguiente, recorrido en clase turista: Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, de día; Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, de noche. Las ciudades tampoco son inmunes a la dualidad de la luz. A la sombra de la muralla, en el recodo de uno de sus salientes, un niño de siete u ocho años se acurrucaba entre sus piedras buscando su calor. Al pasar junto a él, ni nos miró, tenía las rodillas apretadas contra su pecho, abrazándose, meciendo; un par de paquetes de pañuelos se exponían sobre la acera a su lado. Agradecí que no lloviera.

santa sofía rampasanta sofía interiorsanta sofía cúpulas

palacio topkapi muralpalacio topkapi árbolmezquita azul noche

De regreso al hotel, me alegré de que en el umbral de Europa hubiera mujeres que llevaran hiyab; con lo friolera que soy, mi cabeza, mis orejas, mi boca y mi cuello paseaban felices bajo el pañuelo de algodón, además de un gorro que añadí yo. De nuevo éramos de los escasos deambulando. Estaba deseando llegar para tumbarme, la espalda ya hacía rato que me bramaba, y las plantas de los pies. Por fin la muralla, imperturbable, estábamos cerca. Respiré aliviada, adelanté el paso, y focalicé la vista en el suelo. Al girar, unos metros más adelante, la acera se estrechaba en el saliente donde había visto al niño. Alcé la mirada: allí seguía. Un hombre se inclinaba sobre él, hablándole en lengua desconocida, mientras una mujer con burka esperaba a un lado con el carrito de bebé en una mano y la niña en la otra. El hombre insistía a pesar de que el niño le huía con la mirada. Busqué la hora: las 23:32. <<Mañana hay colegio.>>

mezquita rustem barriomezquita rustem interiormezquita Yeni pte. Gálata patio interior

mez. Yeni pte. Gálata persp. horiz.

Segundo día de la ruta turística: Gran Bazar, mercado de las especias, Mezquita de Rüstem Paşa, puente Gálata. En sus aguas, embarcaciones ornamentadas al estilo otomano cocinaban bocadillos de pescado. Alrededor revoloteaban niños sin horarios. Mi suegra me llamó (qué bien me conocía), un puestecito con ruedas vendía buñuelos flotados en almíbar. Confieso que mi profesión frustrada sería crítica culinaria especializada en dulces. Después de rechupetearnos los dedos, empalagados, descubrimos que sobraba uno. Miré alrededor, me acerqué con el dulce a una de las niñas y se lo ofrecí. Para nuestra sorpresa no se lo comió; se alejó en dirección al pasaje peatonal subterráneo. La seguí. En las escaleras, otra niña más pequeña estiraba la mano con sonrisas llenándole la boca, recibiendo el lokma que le entregaba la otra.hamman

Aquella tarde ya bañada de dorados y de negros, tocó baño turco. De camino, me sorprendió una comunidad felina congregada en los muros de una mezquita. El hamman; toda una experiencia de exhibición para alguien que jamás ha hecho top less en público. El mismo mármol caliente y húmedo que había sostenido sultanas me acariciaba la piel; las mismas claraboyas, estrellas en un cielo de cemento. Entré aferrando un pañuelo de cuadros a mi pecho, cuando salí, me lo había olvidado dentro.

Nos encontramos para cenar en el restaurante de un sexto piso; cuando el sol caía, el viento se dejaba sentir impertinente. Pero las vistas merecían los sabañones: Sofía y Azul, enfrentadas, comparando bellezas sobre el lienzo negro. Uno de los mejores volcanes de chocolate que he probado jamás, quién sabe si por la compañía a ambos lados del cristal. Mi suegra nos contó su tarde en solitario: volviendo al hotel, había visto al niño de la muralla; una pareja joven estaba tratando de hablar con él, le habían comprado un plumífero. El niño no se lo puso, lo aceptó, y lo metió en la bolsa dejándolo a su lado. Me miré las manos: había vuelto a cenar con los mitones puestos.

En el tercer día navegamos el Bósforo, saludando al mar Negro desde las ruinas de una colina asiática; a la vuelta nos apeamos del otro lado: Torre Gálata, plaza Taksim. La plaza en sí no es un lugar turístico, su interés hoy día no lo despierta el monumento que la centra, sino el significado que miles de pies, y sangre, le han dado al suelo. Nos sentamos. Me tumbé a los pies del fundador de la república, Atatürk, sobre las losas, para descargar la espalda; cuando viajo, soy consciente de que por muy aseada que vista suscito miradas cada vez que tengo que tirar el cuerpo a tierra, lo cual sucede bastante a menudo caminando sobre asfalto. A los que usan la palabra minusvalía les recomiendo la revisión del término: en su próximo viaje, experimente, échese al suelo; mi vida no se ha minusvalorado, solo ha cambiado de perspectiva, otorgándole relevancia al eje horizontal de los lugares; visitándolos menos, viviéndolos más.

policíauniversidad horiz.

Saqué mi cuaderno de viaje y le hice a Ístambul un dibujo que había pensado en el avión. Había leído en la guía que, en Turquía, usar el símbolo de su bandera, dependiendo en qué y para qué, podía considerarse un insulto grave. Terminé la boca en forma de media luna, de mujer turca sonriente, con una peca de estrella que a la vez era mi firma; de su ojo con iris de mapamundi y rasgado con khol, le derramé dos lágrimas que dejaron en su surco dos versos:

<<YOUR TEARS ARE MY TEARS;
MY SMILE IS ALL YOURS.>>

Arranqué la hoja, le puse celo, y la pegué en un poste que tenía junto a mí. Una niña sentada cerca me observaba; le comentó algo a su madre, la miré y le dije negando con el dedo: “No, esto no se hace”. Y añadí para mi pañuelo de cuello: “De normal”. La madre me sonrió y nos marchamos.escalera arco iris

Descendimos por la calle más consumista de la ciudad. Era una auténtica avenida peatonal, solo interrumpida por un viejo tranvía que bajaba y subía; al pasarnos, un par de niños corría tras el vagón, lo cazaron, y ascendieron la calle colgados de él. Desmontando del barrio artístico de  Beyoğlu bajamos por unos escalones grises; pensé en las escaleras de arco iris. De todo lo que había leído de Estambul, lo que verdaderamente me había despertado interés, era la historia de esas escaleras. Un pensionista turco, cansado de ver el gris de las escaleras de su barrio que todos los días tenía que subir, se levantó un día y se gastó unos seiscientos euros en pintura, todos sus ahorros; y con ella pintó las escaleras de arco iris. A la mañana siguiente, cuando despertó al alba, fue a estrenar su nueva visión: la escalera era de nuevo gris. El ayuntamiento la había repintado durante la noche. Los jóvenes del barrio, cuando se enteraron, hicieron correr los tweets, y al día siguiente, Estambul despertó con decenas de escaleras arco iris. Por mas que busqué y pregunté no conseguí dar con ellas; aquello no era un cuento, era: historia moderna; y quería verla y pisarla con mis pies. Dejamos el último de los escalones a nuestra espalda, y mi querida suegra, de nuevo, me llamó la atención sobre un souvenir que había comprado en el Gran Bazar por el doble de precio. Cuando me giré para verlo con mis ojos de turista (tengo que confesaros una mentirijilla, la guía se la leyó en verdad mi pareja), allí estaba: ¡una de las escaleras arco iris! Ya había visto de Estambul lo que más merecía la pena ver.

El cuarto día visitamos la Basílica Cisterna; un lago subterráneo artificial sujeto por centenares de columnas jónicas y custodiado por peces bizantinos. Las últimas horas en una de las ciudades con más historia y eparque gülhanencanto, las dedicamos a perdernos por sus fisuras en el barrio de Sultanahmet, a colarnos entre sus ramas desnudas y sus pies vestidos de flores en el parque de Gülhane. Sus habitantes parecían sentir gran aprecio por los felinos callejeros, de los cuales, muchos de ellos eran medio domésticos o callejeros con privilegios, pero todos se movían por la ciudad como si fueran los verdaderos dueños. En una de las entradas del parque vi otra miniatura de casita de madera de dos alturas, bien ubicada junto a los contenedores de basura, con una comunidad gatuna instalada. Terminamos de comprar los regalos; a mí solo me faltaba una piruleta descomunal que me guardé en el bolso.

Nuestra última cena fue la mejor. El restaurante era el primero a la izquierda, según subías desde lacementerio mus. muralla, en la calle Alayköşkü. Nos sentamos en la terraza resguardada por mamparas, calefacción y, mantas que solo yo usé. Los camareros eran hospitalarios, serviciales, y parlanchines si se les daba la oportunidad; aproveché la ocasión para sacarme la duda del zapato.
–¿Sabes algo de una ONG frente a la parada de Sirkeci?
–No, no sé nada.
–Es que vi un cartel enorme en uno de los edificios de enfrente. Pensé que era para ayudar a los niños de las calles. Hemos visto a muchos pidiendo. Allí mismo –señalé calle abajo hacia la muralla– hay uno que está por las noches pasando frío.
–Sí, es que no les dejan entrar a dormir si no llevan cincuenta liras como mínimo –un gato se subió a uno de los sofás y se arrellanó entre cojines–.
–Qué no les dejan entrar a dormir… ¿pero quiénes?
–Sus padres. La mayoría, la mafia.

–¿Y la policía, el gobierno, no hace nada?
–Es la mafia.
El turco moreno de ojos claros se acarició la perilla mientras permanecía con las piernas juntas, cruzadas.
–¿En España no hay niños pidiendo en las calles?
–No, en España no hay niños pidiendo en las calles porque el gobierno obliga a que todos vayan al colegio. Pero hay niños que van al colegio con el estómago vacío.
peq. sta. sofía lunaAl día siguiente partíamos temprano. Caminábamos de vuelta hacia nuestras maletas hechas. En la vereda de la muralla saqué la piruleta del bolso. El niño ya no estaba. En su lugar había otro, más mayor, con una camiseta negra de manga corta. Hablaba con otros dos más pequeños que permanecían de pie, al aproximarnos, se marcharon. Le di la piruleta. Atrás quedó, a los pies de la muralla, rodeado de parterres donde los pensamientos hacían dibujos hermosos, con sus flores sobre el césped, mirando la piruleta. Los tulipanes comenzaban a abrirse.

Enfilamos la calle de adoquines que se adentraba en el barrio donde dormíamos. Delante de nosotros, a unos pasos de distancia, iban los dos niños que hablaban con el de la muralla. Charlaban animadamente, a paso ligero. Uno de ellos sacó de su bolsillo dos cigarros, le pasó uno a su compañero, y encendió el suyo. Al acercarnos a la esquina donde el primer restaurante anunciaba turistas, el niño le dio la vuelta al cigarro encendido escondiéndolo detrás de su palma, y de repente, comenzó a cojear.
Al entrar en el pasadizo de restaurantes los alcanzamos; uno de los camareros que ofrecían la carta captando clientes los detuvo, se cruzaron unas cuantas palabras y se despidieron como colegas de calle. Me vino a la cabeza, la imagen de la casita de madera que el ayuntamiento de Estambul le ponía a los gatos callejeros para que durmieran a cubierto; unos metros más allá del lugar del niño de la muralla.casita gatos
árbol farolillos

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Acerca de Alisa De Trevi: Ali.

Alisa De Trevi es el nombre que recoje a mi persona y a todas aquellas de las que bebo, a las que debo la inspiración para crear y vivir, ya que lo segundo es para mí un esfuerzo y lo primero lo que necesito para sobrellevarlo. De ahí la insitencia de que mi nombre es simplemente: “Ali”. De la rama de ciencias puras pero alma versada; aprendiz de todo, maestra de nada. Muy a mi pesar, los múltiples estudios que inicié tuve que abandonarlos por problemas de salud: “¡Bendita salud! que nos trae aquí hoy”. A donde me llega el recuerdo, me veo desde muy niña escribiendo, dibujando; pero han sido las largas convalecencias y el amor los que han hecho germinar en mí el valor y el deseo por compartir lo creado. Mi mayor logro ha sido, y es, rehacerme cada día. Antes de morir, solo desearía encontrarme con los de mi subespecie. trazosdeverso.com

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