Archivo de la categoría: Relatos

La tragedia de la belleza (corrección)

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(Basado en hechos reales: Dedicado a Santi y a Laura)

Gracias a Luis Sánchez por sus clases magistrales

J’y suis jamais alle
“Yo allí nunca fui”
Yann Tiersen
"El monstruo que hay en mí" dibujo a carboncillo

“El monstruo que hay en mí” dibujo a carboncillo

Tres desconocidos buscan llevar a término un encuentro que

siempre se les escapa, un foro web donde se encuentran, una cita

en el calendario, y al fin, el momento que les alcanza,

compartido en la distancia.

 

La sombra que da tu silueta no la da ninguna sombrilla. Un sol como un disco

afilado, pendiendo sobre la cabeza; pero los rayos colados son indulgentes. Arcilla

terrosa en la cuenca de la mano, salitre en la comisura de los labios, cosquillas

líquidas encauzadas por el valle de la espalda, el brío ansioso del cabalgar blanco

de nuevo chirriando en cada vena. Una camisa que se enrosca alrededor del cuello.

Una chicharra marcando la cuenta atrás. Un mar verde, entre el cielo y el suelo,

transpirando el perfume de azahar…

 

En la penumbra fresca de la tarde, el berrido de un móvil que resuena en la pulcritud del piso: la

soledad de las habitaciones, las superficies de los muebles brillantes y despejadas, las revistas

apiladas sobre el escritorio, la ropa doblada encima de la cama, el fregadero vacío, la comida hecha

esperando dentro de la nevera,

la suavidad del pincel acariciando las uñas. “Todo listo, el último esfuerzo y, después…” No habrá

después, dice una sonrisa. De música ambiental, las risas y los gritos de los niños en el parque

entrando por el balcón abierto, trinos de vencejos sobre el circuito de la plaza. El esmeril en la planta

de los pies lijando sus últimos pasos; un culotte de transparencias negras y ribetes naranjas que

erizan los muslos en su ascenso, el camisón de raso que a él le gusta, humedecido por el calor bajo sus

senos, pezones delimitando la tela. Y la cuerda, áspera y rugosa, que susurra crujidos entre sus dedos.

Es el momento: justo, alineado, exquisito…

“… The nights go on
Waiting for a light that never comes
I chase the sun
Waiting for a light that never comes…”
Linkin Park & Steve Aoki – A Light That Never Comes

De azahar, impregnado el sudor en unas manos, que tiñen una camisa de tierra,

enroscándola alrededor de la tráquea como una constrictor. Una serpiente con

mangas blancas que cuelga sobre el torso desnudo. El perfume de esta tierra de flores y

de luz exhalando su adiós definitivo, el zumbido de las abejas sosteniendo el mundo,

los gorriones yendo y viniendo. Unos músculos moldeados que anudan las mangas vacías

de carne, llenas de voluntad, al brazo de uno de los árboles. De rodillas

sobre la tierra grumosa. De la noche anterior, aún mecido en medio del eco del aliento a

malta tostada…

 

“… And I hate that I’m always so young
Have me feeling like you are the one
And it’s never gonna feel like it’s time
Cause it’s never gonna change
Never gonna change…”
BROODS – Never Gonna Change

Exquisito es el hilo que trenza infinitos hilos incapaces de disolverse con un lavado de

estómago vía intranasal; un hilo, como un acuerdo que ya no se puede cortar,

sosteniendo una vida entre sus hebras, la de quien lo anudó. Una cuerda que

espera a que se abra la puerta para completar su existencia y, que aparezca él. “No, así

sí, pero no.” Entonces, con los pies en el suelo, un mensaje que se envía desde el

porvenir…

“… When the flood gates open, erase the shores
At best you don’t care that it breaks some doors…”
Linkin Park

A malta tostada saben los principios que fueron finales desde su comienzo, a ese reflujo

ácido que dejan tras de sí los pactos vinculantes que se firman al final de una soga,

y no de un contrato matrimonial. Pendida de un hilo: la esperanza; la vida. Pero los

watsapp ya no se pueden contestar desde el más allá. No hay sombra como la de las

ramas y hojas. El perfume que ya llega al paladar. La gravedad de la voluntad es lo que

tira del improvisado patíbulo; ni es el peso ni la fuerza ajena, son las ideas. Con las

rodillas cobijadas en tierra, el peso muerto de los pensamientos, el sabor del azahar

como último sustento, el tacto de la corteza en los callos, la camisa que estrangula

el peso de la carga que se libera, la lengua que se expande en silencio dentro de

la boca para decir lo que nadie se atreve: “estoy mejor muerto, es lo mejor para todo el

mundo; mis hijos, mi ex… Mejor muerto sí, por fin el mono desaparecerá”, la nuez que

quiere tragar una decisión, y al fin, la paz con el abrazo en la garganta. Las manos caídas

a los costados del tronco, las rodillas en tierra, su camisa anudada a la rama de un

naranjo y a su cuello: así es como lo encuentran.

 

“… And I hate that I can’t say your name
Without feeling like I’m part of the blame
And it’s never gonna feel quite the same
But it’s never gonna change…”
BROODS

Desde el porvenir se escribe: “No vengas solo mi amor”. Pendiendo de la lámpara de

forja, una soga de triple nudo con un lazo adornando el envoltorio en mitad del

comedor. La sorpresa es el cuello de ella al final del lazo: “para algunos, vivir es más

que un esfuerzo”, las rodillas semiflexionadas con los pies desnudos y las uñas pintadas

de naranja arrastradas por el piso recién pulido, la cabeza ladeada con el cabello

planchado recogido sobre uno de los hombros, la piel de debajo de la cuerda envuelta

en seda, el móvil sobre la mesa, al alcance de la mano, como única carta de despedida.

El clic de la llave abriendo la cerradura y el “espera, no entres, vamos nosotros

primero”.

Surrey Dance Music – Winterling

“La idea de la muerte siempre estará ahí, como una salida.

Tienes que aceptarla, y aprender a convivir con ella”,

es lo que me dijo el Dr. Zafra en la consulta de psiquiatría,

una semana después del accidente

que me impidió acudir a la cita.

Dar las llaves de tu vida a un zombi y

echarse a dormir contra el cristal de la ventanilla.

 

Se dice que nadie ha vuelto de la muerte para contar lo que hay más allá,

también hay quien dice que la muerte es injusta,

que el suicidio es egoísta, y que los accidentes son

impredecibles.

Lo que yo digo es que a veces,

todo esto, pero solo a veces.

A veces hay quien sobrevive para expresar lo que otros no pudieron,

para contar una historia que se evita;

a veces, algunas veces, la muerte es una elección,

el suicidio es una tara, y los accidentes son decisiones de

nuestro subconsciente.

 

Nunca los llegué a conocer en persona, nunca oí sus voces, y nunca

nos preguntamos a cerca de nuestros motivos al encontrarnos en aquel

foro para suicidas: nunca hizo falta.

 

Pero aún pienso en ellos, y en aquel día.

23 de enero de 2005

23 de enero de 2005

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Cinco moquitos (cuento infantil en prosía)

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A Pablo en  su dislexia, para que descubra

la magia y el poder de la palabra escrita.

Cuadro marco de fotos en madera, barniz y relieve.

Cuadro marco de fotos en madera, barniz y relieve (haz)

Había cinco moquitos

que llevaban a Pablo frito.

 

Transparente era de los cinco

el más bueno, pues de su nariz

sacaba las porquerías.

Después, venía Blanquita

embozando las cañerías,

sin dejar respirar bien.

Cuando Amarillento aparecía

ya algo se torcía:

empezaba a oler fatal.

Cuadro marco de fotos (envés)

Cuadro marco de fotos (envés)

Verdosa podía dar dolor,

pero Rojo era sin duda el peor;

resecaba y cuarteaba

haciendo el inspirar un horror.

Había cinco moquitos,

que en realidad eran el mismo,

Pablo se lo sonaba

y veía cambiar su ropa de color,

y así, sabía cómo se encontraba

hoy, el moquito de humor.

cinco moquitos

Pelo pincho

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Ben Sollee – Try

A mi amiga de infancia y a mi sobrino; os prometo que lo que hoy cuesta

mañana lo hará menos, es cuestión de práctica y paciencia.

pelo pincho 2

Las velas aún seguían encendidas en la tarta, esperando un deseo que las liberara. El dulce de crema y fondant se desinflaba a la intemperie. Voces colapsaban el aire; las de los padres ascendiendo en nerviosismo, las de los demás niños impacientes por terminar el escondite improvisado en momento tan inoportuno.

Encontraron a Pablo en la casita de plástico donde guardaban los utensilios de jardinería. Estaba sentado en el suelo, rodeado del mocho, la escobilla metálica, el rastrillo y la escoba de fuera.

–Pablo tus amiguitos están esperando la tarta, ¡qué haces!
–Pues jugar…
–Pero cómo que jugando –la madre miró al niño y a los palos dispuestos en círculo a su alrededor–, ¿no quieres abrir los regalos y ver los juguetes nuevos que te están esperando?
–Pero Mamen no los necesito, ¡mira qué juguetes! –insistía el niño señalando las herramientas de jardín.
–Cariño pero esto no son juguetes, te puedes hacer daño, y tus amiguitos te han regalado un montón de cosas chulas, ¡venga, vamos a verlos!

Pablo giró el hombro agachándolo lentamente y consiguió que su mano le obedeciera a la primera, soltándose de la de su madre, y volvió a sentarse en el centro de la tertulia separando de forma exagerada las piernas para poder acometer la sentadilla.
–Este es Moncho –dijo mientras sus dedos se acercaban haciendo vibrar los pelos del mocho que era levantado en un frenesí tembloroso– es el surfista. Este es púas –la mano se abrió dejando que Moncho se estrellara para acercarse a continuación a la escobilla.
A medida que sus dedos se acercaban al abanico de hilos metálicos volvieron a temblar; la mano sobrevolaba las púas dispuestas hacia arriba como un colibrí, hasta que por fin consiguió quedarse enganchada en algunas. Su madre se llevó la mano a la boca estampando un sollozo ahogado contra la palma.

–Ves mamá, los miras mal, si das la vuelta ahí están las cabezas, no tienen brazos. Este se llama Pablucho, es mi preferido. Para la fiesta que viene después quiero el pelo como él. ¡Mira mamá! Así, así… –decía estirándose el pelo hacia el techo para que su madre lo entendiera.

Pelo pincho

Después de sesenta segundos intentando agarrarla, al fin la cabeza de la escoba reposaba en el regazo de Pablo, y el niño ronroneaba una risa por lo bajo con cada caricia del pelo de la escoba en su nariz y mejillas. La madre estaba sentada a su lado, observándolo con las pupilas entumecidas.
–Y dices que se llama Pablucho…
–¡Sí!
–Y este qué es, ¿batería de un grupo de punkies? –su hijo rió al oír la ocurrencia de su madre.
–Qué graciosa eres mami.
–Y… ¿no crees que Pablucho tiene el pelo un poco sucio de andar todo el día arrastrado… su pelo por el suelo?
Pablo se quedó sosteniéndole la mirada al vacío y respondió:
–¡Mira qué chulo!

La madre, con la comisura del labio torcida, acercó la cara a la escoba que olía a hojas manidas, cerró los ojos apretando los párpados, y apoyó el mentón en el brazo apuntalado en la pierna, preparada para darle a su hijo el agónico minuto que necesitaría para acercarle la escoba; sin embargo, notó la caricia de su hijo a través de las cerdas del cepillo casi de inmediato. Abrió los ojos con asombro y le miró la mano: el palo apenas le temblaba.

–¡Está aquí! ¡Está aquí! ¡He ganado! –se oyó gritar desde el umbral.
Una carita entró dando saltos y en mitad de uno de ellos se dejó caer al suelo sentándose junto a Pablo.
–¿Qué hacéis?
–Jugar.
–¿Jugar? –la niña miró el círculo de “invitados” con el ceño prendido.
–Mira Laia te presento a Moncho, Púas, este es Pablucho y ese… ¿quién es cariño? –preguntó Mamen señalando al rastrillo.
–Pues no sé.
–¡Rasta!, se puede llamar Rasta.
–Se llama Rasta mamá –y su mano se alargó temblando hacia el rastrillo.
Laia lo cogió levantándolo y se lo pasó a Pablo que la miraba sonriendo.

Os quiero aquí (Agradecimientos a lxs vivos)

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Sidonie – Estais aqui
http://youtu.be/lE0ZK2Qw0IM

Un jardín de rosas rojas inunda la vista de un foso verde. El perfume de la explanada escarlata no puede llamar mi atención, lo hace la cantidad de gente que hay haciéndole fotos. Las rosas no huelen, han nacido de la mano de un artista, en conmemoración de lxs que ya no están, y en ayuda de lxs que lxs seguirán. Como sólo quiero entender de amor y no de guerras, prefiero celebrar un agradecimiento mientras lxs que participaron estén vivos; aquí va el mío:

(Tributo de rosas de cerámica en la Torre de Londres) Mejor aún es decirlo cuando están vivos.

(Tributo de rosas de cerámica en la Torre de Londres) Mejor aún es decirlo cuando están vivos.

Imagínate un día cualquiera andando por la calle, de pronto, una persona se te acerca cortándote el paso, se te coloca delante dándote la espalda y, sin previo aviso te pide que le cojas mientras se deja caer encima de ti. ¡¿Qué harías?!

Bien, esa persona soy yo, así soy yo; para algunxs soy una persona totalmente desconocida, para otrxs soy amiga, y para todxs lxs demás soy una mera conocida más. Seas quien seas, hoy quiero tener este gesto de agradecimiento, porque en el momento en el que me desnudé y confié en que tus brazos me recogerían, entraste a formar parte de lo que hago; así que no importa si fuiste de lxs que se apartaron mientras caía, o de lxs que echasteis a correr lejos de esta loca ingenua, o si fuiste de lxs que me ayudaron a levantarme tras la caída,  o de lxs que os llevasteis un coscorrón y fuisteis conmigo al suelo por la sorpresa, o de lxs que tuvisteis reflejos y me recogisteis entre vuestros brazos, no importa, hoy quiero daros las gracias a todxs y compartir este pequeño logro para mí. Porque estos 44 “me gusta” que ha recibido la entrada al blog “¡FUEGO! ¡FUEGO!” también son vuestrxs, porque soy yo la que escribe, pero sois vosotrxs lxs que vivís las historias que me inspiran, lxs que dais circunferencia a mis personajes, lxs que sois secuestradxs como musa mientras os observo… Así que gracias por la involuntaria colaboración.

Y a esos 44 desconocidxs, así como al resto que participa en otras entradas (leáis esto o no): gracias por haber extendido vuestros brazos manifestando vuestro agrado, y no haberme dejado caer en el vacío.

Os dedico esta canción de Sidonie a todxs lxs que compartís mi vida, la real y la de ficción, ya sea por elección o por susto (si no tengo el placer de haberte observado aún, ya sabes, si el próximo Halloween alguien te dice: “susto o amiga”, soy yo, no hay duda 😉

“Subimos a mi habitación
No reconozco a nadie pero todos saben quién soy
Yo digo a a a a a adiós
Nadie presta atención
Cojo mi bolsa y me voy

Hay un huésped japonés
Desayunando huevos en el bar del hotel
No sé porque e e e me río de él
Es incómodo, lo sé
Pero no me puedo contener

Os quiero aquí, os quiero aquí
Os quiero aquí, os quiero aquí

Estás aquí, estáis aquí
Ahora mismo estáis aquí
No puedo veros pero sé que estáis aquí

Estáis aquí, estáis aquí
En Buenos Aires y en Berlín
Estáis callados pero sé que estáis aquí

Desnudo me voy a lanzar
Siempre río abajo hasta que llegue al mar
Y que la o o o ola esencial
Y el ve ve ve ve vendaval
Me lleven donde estáis
Me lleven donde estáis”

Trazos de bluesfolk

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In memory of Ben with love

Ben Sollee – Electrified

Un baile de manos con un solo de lluvia tocando a nuestro alrededor. Once meses de abstinencia y llegas justo a tiempo para cantar con la tierra, exhalando ozono junt@s; las gotas en el capó, percusionistas de la atmósfera, reflejos dorados, verdes y rojos sobre el asfalto son tus luces de escenario. Las parras de graciano también cantan, al fin el estrés se humedece relajando los sarmientos. Pero llego tarde a la cita con tus manos y la lluvia entorpece el tráfico.

 

En el sexto cielo, entro a una sala bipolar de blancos y negros fraccionada de columnas. Llego con el corazón baqueteándome el pecho, el pelo humedecido, la piel incómoda. Me siento en el suelo, pulido como un espejo ensombrecido, junto a otr@s. Y el baile de manos, enmarcadas por tus piernas, me embarga la visión nublándome el cuerpo, comienza a llover en mis oídos y de pronto, exhalo calor: estoy electrizada, llena de tu voz y de tus dedos. Y el día, que se va limpiando con el rasgueo de tus cuerdas. Y como la tierra, mis dedos también quieren sudar ozono para quienes respiran; saco bolígrafo y una libreta.

Trazos de bluesfolk desenfocada

Trazos de bluesfolk desenfocada

Te secuestro del brazo, te llevo de aventuras por una Valencia embriagada de gotas y destellos que solo se deja ver cada tantos meses. Apenas intercambiamos voces, tú no hablas español y yo no quiero descuartizar el americano, pero nos entendemos en el mismo idioma: nuestras palabras son las de los dedos. Tironeo de tu camiseta (¿era de manga corta o larga? No lo recuerdo, pero sé que tu chelo es parte de tu familia, tal vez regalo de tu padre por lo que cuentas, y que debe de haber crecido junto a ti, se ve en las comisuras desgastadas de su talle), como sea, tironeo de tu camiseta y te señalo con el dedo el otro lado del puente. Arriba, las gárgolas lo custodian bajo la atenta desgana de la gente, pero nosotros estamos en el cauce de un río sin agua, y tu mirada sigue mi dedo en el abrigo de la lluvia que nos envuelve, descubres las ventanas góticas que iluminan cada flanco de ese puente que nos llama la atención de lo cotidiano e invisible.
Nos movemos de techo en techo y tiramos por donde nos lleva la corriente. Venimos de un techado de columnas, frente a un abovedado de cristales que sé que te debe de haber gustado; te he contado sus intrigas palaciegas de jazz y de naranjo, del espacio vacío, a nuestro costado, con forma de anfiteatro al aire libre que se llena en verano de melómanos desposeídos, y de los fantasmas de la fuente, que salen de su encierro cuando el agua con el viento es un geysir.
La siguiente casilla no es a cubierto, es en el patito feo de los estanques que son espejo del ego de un arquitecto; no refleja aparentemente nada, pero una vez más tironeo de ti. Esta vez te resistes, y aunque no puedo ver tus ojos a través de tus cristales y los míos, plagados de bolitas, sé que piensas que estoy loca. Te quedas con el umbráculo de paraguas, mientras adentro los pies en el hermano pequeño. El agua solo me cubre las suelas, de nuevo con el dedo te lo muestro. Dando saltos entras conmigo en la charca, me río ante tu ceño prendido con un imperdible y tus hombros levantados tratando de protegerte del agua el cuello. Cuando ya estás todo mojado, retomo tu atención sobre el lugar; lo que te he venido a mostrar no está en el cielo, está abajo, sobre el suelo. Estamos en medio de una bandada de gotas, te cierro los ojos, los cierro, ahí está el sonido, la orquesta, el estallido. Ahora te llevo debajo de uno de los monumentales edificios baldíos; te dejo en un extremo y me voy al otro, tú haces amago de seguirme, no comprendes (cómo vas a poder hacerlo si la magia reside en la intriga y el desconcierto), con la palma de la mano suspendida en el aire te detengo, al otro lado del arco majestuoso y blanco te saludo por tu nombre hablándole a la construcción; ¡me oyes! Y te sorprendes de hacerlo. Jugamos al hilo telefónico como dos chiquillos. Uso las palabras porque no te veo, estoy con la cara pegada a la piedra, y la piedra no juzga, solo padece la intemperie. En un arrebato de intimidad te susurro a través del edificio la única canción que me sé, muy apropiada: alma de blues.
Por último, te dejas llevar al puerto; atracamos en una nave desierta, hay techo, acribillado de goteras. Te lo presento, y a las palomas que lo dormitan, como puedo te cuento que es hogar de skaters y rollers, también acuden desahuciados de la ciudad sobre bicicletas. Por última vez te hago el gesto de cerrarte los ojos solo tocando el aire. En esta ocasión el sonido de la bandada es de patos metálicos; la hilera de banderas que son estiradas y replegadas por el viento sobre los mástiles. Te pido que te despidas, también nos echan de este refugio que encontramos en medio del banal ruido, y aunque algún día volvieras, jamás podrías volver a escuchar a este edificio: el lugar va a ser reconstruido. Nuestras manos bailando el lenguaje de la imaginación.

No podría decírtelo a la cara (no sé si me comprendes, o si te importa el rastro de lava fértil que el eco de tu voz deja), así que te lo escribo y dibujo en un trozo de papel. Y me quedo sin habla cuando te lo entrego, porque el mundo me roba mi auténtica voz malinterpretando esta canción, porque este mundo creado deja las aventuras entre desconocidos que podrían hacerse amigos para la ficción, y la magia asfixiada en nuestro interior. Tú lo dijiste: es asombroso cómo lxs españolxs se divierten en calma.
Así que ni lo intento, no podría decírtelo a la cara, solo puedo darte las gracias y entregarte este trozo de papel con el burdo intento de hacer realidad uno de los deseos que nos confiesas en micro abierto: In memory of Ben with love.

 

Quedarme con el regalo de tu voz y de tus derrapes sobre el chelo. Alejarme y disfrutar de la magia en soledad, soñando con encontrarme con l@s que pueda compartir esto, dentro de un coche, lleno de lluvia, agradeciéndote la experiencia. Porque si lo imaginas es real.

 

Trazos de bluesfolk (en cartón a spray y relieve)

Trazos de bluesfolk (en cartón a spray y relieve)

En el limbo

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"Estar en el limbo"

“Estar en el limbo”

MØ – No Mythologies To Follow

Todo está perdido: perdida la relación, perdido lo que pudo haber sido.

 

En toda transacción sentimental hay un limbo; un purgatorio, un estar al otro lado desde donde se mira a los otros niños jugar. Ell@s saben jugar, por eso es que juegan; sus padres debieron de enseñarles, o por lo menos, darles el espacio para salir a la calle a hacerlo.

Hoy los niños no salen corriendo con el bocadillo de jamón en una mano y la pelota en la otra, sí lo hacen, pero lo hacen en los parques, en las zonas habilitadas para el juego. Se quiere volver todo tan civilizado… Se avanza y se retrocede lo avanzado más uno. Sin embargo se prefiere jugar sol@ (los niños digo), encerrados en la casa, enchufad@s a un cable de corriente continua. Ya no se ven peatones esquivando cañonazos de “vida o muerte” ni siendo invitados secuestrados de un limbo en que el palo es una goma elástica de paquetería, y por la que han de pasar por arriba en vez de por debajo. Antes los juegos iban en zapatillas de andar por casa, ahora, si no son de marca no es divertido.

En esa época en la que me tocó ser niña, el limbo aún no era un juego de baile; era una palabra indefinida con la que los adultos te acusaban de permanecer en un estado más de lo razonable. “Estar en el limbo” tenía un aura negativa, el limbo. Pero ahora, conforme maduro, miro con melancolía el limbo cada vez que parte. No hay un limbo que sea enteramente limbo. El limbo existe como el margen del juego, donde l@s niñ@s deciden a qué se juega, quiénes son l@s cabecillas y, cómo se reparten los nombres.

Fuera del limbo, ahora, ya no hay huevos ni verduras de la huerta a cambio de la compañía, de la mera atención por L otr@, del agradecimiento. Ya el juego se ha definido y el tiempo para el cortejo ha acabado.

Aquella relación que tuvimos está perdida, pertenece al pasado: al limbo.

Perspectiva desde el limbo

Perspectiva desde el limbo

¡Fuego! ¡Fuego!

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Fuego (2)

Aloma de Balma y Juan Ramírez Pedroche, la voz del joven Christian Guillén y el toque de Daniel Yagüe en Café del Duende

El bicho – De vivir

Se anida un hogar entre mi estómago y mi corazón; un arrebato se me entromete en el pecho robándome el aliento. Tus zapatos. El arte vive entre tus dedos y Aquiles, columpiándose sobre tu puente y el empeine; el costado del talón de tus zapatos desgastado.

Un cortejo. La belleza construida de movimientos: brazos que surcan el aire sobre tu cabeza, mentón altivo, pies inquietos, piernas que cortan la respiración, flecos; te revolotean como vencejos que cantan acrobacias, que te incendian el suelo, quema, quema, la vida quema entre las cuerdas y te toco con los ojos, miradas, y tu altura, me sobrevuelas. Tu mano. Tu mano que roza tu cintura levantando la falda

Aloma de Balma

Aloma de Balma

de tu vestido gris terciopelo, y tus piernas respiran entre las rejas de tus medias.

Pasión. Pasión que es una fuerza que te estira y te contrae, un torbellino que me desgarra la lengua. Y las palmas queman. Pero más queman tus ojos rasgados, salvajes; tú llevas las riendas y yo finjo que soy tu jinete y que con mi voz dirijo tu bocado; eres tú la que con tus movimientos nos atizas. Y las brasas están en mi garganta. El claqué gitano, del campo, sobre la tierra. Trotar las tablas. Tus brazos destilan perfume, y son tus ojos, claros como el cielo cuando hiela.

Quemas, quemas. Es tu contoneo el que rasga mi guitarra. Las cuerdas se rompen, más que acariciar de dedos, con tus uñas rojas me perfilas. En cualquier momento me arrancas del asiento y te siembro en tu mejilla un beso. Tienes nombre de vuelo mudo, de despertares; la lumbre en mi pecho. La madera susurra y calla para otorgar cobijo a ese niño travieso que zapatea y vive de tu sonrisa: duende.

La mascletà se desata bajo tu sombra. El alma como escarpias. Y alguien grita: ¡Fuego! ¡Fuego! Pero solo corren los corazones que calientes se quedan en la voz de tu casa. Y te pago con lo poco mucho que tengo: el brillo de mi mirada, la sonrisa de mi boca; las palmas.

Sudar arte.

A Juan, Aloma, Christian y Dani
Y al Café del Duende,

gracias por el alimento de musa.

Sudar arte (Valencia)

Sudar arte (Valencia)

¡Existo!

Imagen

¡Existo!

Vanessa vestida de lienzo para su libro, sale de casa: armada con la palabra escrita, junto a su cómplice banderillero. Se dirigen a la plaza de toros. Vanessa desafía con su brazo en alto; esa mañana, tendrá que lidiar con un público huidizo, lleno de segundos de arena que van vaciándose por los pies. La sinceridad es su muleta hecha de versos en un cartel; como cada jueves, Vanessa clava banderillas de constancia a la ceguera, y con su mudo grito, pretende despertares. La poesía es aventurarse en los ojos de otr@; vestirse una piel que no es tuya, sortear metáforas que desconciertan; el tesoro: encontrarse en el otr@. No me resisto; la poesía me puede. Desando mis pasos y hablo con ella; le hago saber que aunque no tengo diez euros, llevo encima, no solo mi mirada, sino también la palabra, y algo de tiempo suelto en el bolsillo. Cuando subo al coche, ya no llevo conmigo las prisas, ni la pena por no haber podido llevarme un ejemplar; me voy cargada con su historia y dos fotos suyas. Arranco y en la radio oigo: “… escribe tu propia historia, la libertad es el premio. Loterías y apuestas del Estado”. Para mí la libertad es escribir la historia de l@s otr@s, en mi historia; nuestra historia.

Puedes encontrar a Vanessa Corell con sus “Poemas de un corazón herido que respira tras la tormenta”, los jueves de 10:30 a 13h en la plaza de toros de Valencia. Ayúdala compartiendo esta información.

Turismo en horizontal

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Stellamara – Laed. madera-cuadro gatodo
http://youtu.be/rmwjc63boz8
Resulina
http://youtu.be/HET9FinAb7k

A mi suegrita

Desembarcamos en mitad de una calle surcada por raíles; tocada por una muralla de piedra; orillada por una alfombra persa de pensamientos y hierba. El tranvía moderno se alejaba; un gato blanco, enorme, de ojos azules como el colgante de ojo turco que pendía de su cuello, nos saludaba amistoso con su pata desde el vagón anuncio. Estambul vestida de noche recibía a tres turistas más. El mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo bautizaban nuestras cabezas convirtiendo el pavimento en mil espejos de azabache.

saliente murallaEntramos y salimos del hotel, el frío marzo no nos impediría aprovechar el tiempo al máximo. La ciudad milenaria dormía brumosa; los nimbos de las farolas enfocaban en el escenario gris las curvaciones de la calle que nos había recibido: el arco de entrada a la muralla a la izquierda; una fuente de mármol blanco veteado de cuatro metros, venida a menos, a la derecha junto a un pequeño pabellón también de mármol, altas ventanas enrejilladas y cúpula de metal, reconvertido en quiosco de prensa; y al otro lado del cableado del tranvía, custodiando la esquina, un edificio de tres plantas de listones de madera, contraído.

curva de calle nochecurva calle día

Al día siguiente, recorrido en clase turista: Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, de día; Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, de noche. Las ciudades tampoco son inmunes a la dualidad de la luz. A la sombra de la muralla, en el recodo de uno de sus salientes, un niño de siete u ocho años se acurrucaba entre sus piedras buscando su calor. Al pasar junto a él, ni nos miró, tenía las rodillas apretadas contra su pecho, abrazándose, meciendo; un par de paquetes de pañuelos se exponían sobre la acera a su lado. Agradecí que no lloviera.

santa sofía rampasanta sofía interiorsanta sofía cúpulas

palacio topkapi muralpalacio topkapi árbolmezquita azul noche

De regreso al hotel, me alegré de que en el umbral de Europa hubiera mujeres que llevaran hiyab; con lo friolera que soy, mi cabeza, mis orejas, mi boca y mi cuello paseaban felices bajo el pañuelo de algodón, además de un gorro que añadí yo. De nuevo éramos de los escasos deambulando. Estaba deseando llegar para tumbarme, la espalda ya hacía rato que me bramaba, y las plantas de los pies. Por fin la muralla, imperturbable, estábamos cerca. Respiré aliviada, adelanté el paso, y focalicé la vista en el suelo. Al girar, unos metros más adelante, la acera se estrechaba en el saliente donde había visto al niño. Alcé la mirada: allí seguía. Un hombre se inclinaba sobre él, hablándole en lengua desconocida, mientras una mujer con burka esperaba a un lado con el carrito de bebé en una mano y la niña en la otra. El hombre insistía a pesar de que el niño le huía con la mirada. Busqué la hora: las 23:32. <<Mañana hay colegio.>>

mezquita rustem barriomezquita rustem interiormezquita Yeni pte. Gálata patio interior

mez. Yeni pte. Gálata persp. horiz.

Segundo día de la ruta turística: Gran Bazar, mercado de las especias, Mezquita de Rüstem Paşa, puente Gálata. En sus aguas, embarcaciones ornamentadas al estilo otomano cocinaban bocadillos de pescado. Alrededor revoloteaban niños sin horarios. Mi suegra me llamó (qué bien me conocía), un puestecito con ruedas vendía buñuelos flotados en almíbar. Confieso que mi profesión frustrada sería crítica culinaria especializada en dulces. Después de rechupetearnos los dedos, empalagados, descubrimos que sobraba uno. Miré alrededor, me acerqué con el dulce a una de las niñas y se lo ofrecí. Para nuestra sorpresa no se lo comió; se alejó en dirección al pasaje peatonal subterráneo. La seguí. En las escaleras, otra niña más pequeña estiraba la mano con sonrisas llenándole la boca, recibiendo el lokma que le entregaba la otra.hamman

Aquella tarde ya bañada de dorados y de negros, tocó baño turco. De camino, me sorprendió una comunidad felina congregada en los muros de una mezquita. El hamman; toda una experiencia de exhibición para alguien que jamás ha hecho top less en público. El mismo mármol caliente y húmedo que había sostenido sultanas me acariciaba la piel; las mismas claraboyas, estrellas en un cielo de cemento. Entré aferrando un pañuelo de cuadros a mi pecho, cuando salí, me lo había olvidado dentro.

Nos encontramos para cenar en el restaurante de un sexto piso; cuando el sol caía, el viento se dejaba sentir impertinente. Pero las vistas merecían los sabañones: Sofía y Azul, enfrentadas, comparando bellezas sobre el lienzo negro. Uno de los mejores volcanes de chocolate que he probado jamás, quién sabe si por la compañía a ambos lados del cristal. Mi suegra nos contó su tarde en solitario: volviendo al hotel, había visto al niño de la muralla; una pareja joven estaba tratando de hablar con él, le habían comprado un plumífero. El niño no se lo puso, lo aceptó, y lo metió en la bolsa dejándolo a su lado. Me miré las manos: había vuelto a cenar con los mitones puestos.

En el tercer día navegamos el Bósforo, saludando al mar Negro desde las ruinas de una colina asiática; a la vuelta nos apeamos del otro lado: Torre Gálata, plaza Taksim. La plaza en sí no es un lugar turístico, su interés hoy día no lo despierta el monumento que la centra, sino el significado que miles de pies, y sangre, le han dado al suelo. Nos sentamos. Me tumbé a los pies del fundador de la república, Atatürk, sobre las losas, para descargar la espalda; cuando viajo, soy consciente de que por muy aseada que vista suscito miradas cada vez que tengo que tirar el cuerpo a tierra, lo cual sucede bastante a menudo caminando sobre asfalto. A los que usan la palabra minusvalía les recomiendo la revisión del término: en su próximo viaje, experimente, échese al suelo; mi vida no se ha minusvalorado, solo ha cambiado de perspectiva, otorgándole relevancia al eje horizontal de los lugares; visitándolos menos, viviéndolos más.

policíauniversidad horiz.

Saqué mi cuaderno de viaje y le hice a Ístambul un dibujo que había pensado en el avión. Había leído en la guía que, en Turquía, usar el símbolo de su bandera, dependiendo en qué y para qué, podía considerarse un insulto grave. Terminé la boca en forma de media luna, de mujer turca sonriente, con una peca de estrella que a la vez era mi firma; de su ojo con iris de mapamundi y rasgado con khol, le derramé dos lágrimas que dejaron en su surco dos versos:

<<YOUR TEARS ARE MY TEARS;
MY SMILE IS ALL YOURS.>>

Arranqué la hoja, le puse celo, y la pegué en un poste que tenía junto a mí. Una niña sentada cerca me observaba; le comentó algo a su madre, la miré y le dije negando con el dedo: “No, esto no se hace”. Y añadí para mi pañuelo de cuello: “De normal”. La madre me sonrió y nos marchamos.escalera arco iris

Descendimos por la calle más consumista de la ciudad. Era una auténtica avenida peatonal, solo interrumpida por un viejo tranvía que bajaba y subía; al pasarnos, un par de niños corría tras el vagón, lo cazaron, y ascendieron la calle colgados de él. Desmontando del barrio artístico de  Beyoğlu bajamos por unos escalones grises; pensé en las escaleras de arco iris. De todo lo que había leído de Estambul, lo que verdaderamente me había despertado interés, era la historia de esas escaleras. Un pensionista turco, cansado de ver el gris de las escaleras de su barrio que todos los días tenía que subir, se levantó un día y se gastó unos seiscientos euros en pintura, todos sus ahorros; y con ella pintó las escaleras de arco iris. A la mañana siguiente, cuando despertó al alba, fue a estrenar su nueva visión: la escalera era de nuevo gris. El ayuntamiento la había repintado durante la noche. Los jóvenes del barrio, cuando se enteraron, hicieron correr los tweets, y al día siguiente, Estambul despertó con decenas de escaleras arco iris. Por mas que busqué y pregunté no conseguí dar con ellas; aquello no era un cuento, era: historia moderna; y quería verla y pisarla con mis pies. Dejamos el último de los escalones a nuestra espalda, y mi querida suegra, de nuevo, me llamó la atención sobre un souvenir que había comprado en el Gran Bazar por el doble de precio. Cuando me giré para verlo con mis ojos de turista (tengo que confesaros una mentirijilla, la guía se la leyó en verdad mi pareja), allí estaba: ¡una de las escaleras arco iris! Ya había visto de Estambul lo que más merecía la pena ver.

El cuarto día visitamos la Basílica Cisterna; un lago subterráneo artificial sujeto por centenares de columnas jónicas y custodiado por peces bizantinos. Las últimas horas en una de las ciudades con más historia y eparque gülhanencanto, las dedicamos a perdernos por sus fisuras en el barrio de Sultanahmet, a colarnos entre sus ramas desnudas y sus pies vestidos de flores en el parque de Gülhane. Sus habitantes parecían sentir gran aprecio por los felinos callejeros, de los cuales, muchos de ellos eran medio domésticos o callejeros con privilegios, pero todos se movían por la ciudad como si fueran los verdaderos dueños. En una de las entradas del parque vi otra miniatura de casita de madera de dos alturas, bien ubicada junto a los contenedores de basura, con una comunidad gatuna instalada. Terminamos de comprar los regalos; a mí solo me faltaba una piruleta descomunal que me guardé en el bolso.

Nuestra última cena fue la mejor. El restaurante era el primero a la izquierda, según subías desde lacementerio mus. muralla, en la calle Alayköşkü. Nos sentamos en la terraza resguardada por mamparas, calefacción y, mantas que solo yo usé. Los camareros eran hospitalarios, serviciales, y parlanchines si se les daba la oportunidad; aproveché la ocasión para sacarme la duda del zapato.
–¿Sabes algo de una ONG frente a la parada de Sirkeci?
–No, no sé nada.
–Es que vi un cartel enorme en uno de los edificios de enfrente. Pensé que era para ayudar a los niños de las calles. Hemos visto a muchos pidiendo. Allí mismo –señalé calle abajo hacia la muralla– hay uno que está por las noches pasando frío.
–Sí, es que no les dejan entrar a dormir si no llevan cincuenta liras como mínimo –un gato se subió a uno de los sofás y se arrellanó entre cojines–.
–Qué no les dejan entrar a dormir… ¿pero quiénes?
–Sus padres. La mayoría, la mafia.

–¿Y la policía, el gobierno, no hace nada?
–Es la mafia.
El turco moreno de ojos claros se acarició la perilla mientras permanecía con las piernas juntas, cruzadas.
–¿En España no hay niños pidiendo en las calles?
–No, en España no hay niños pidiendo en las calles porque el gobierno obliga a que todos vayan al colegio. Pero hay niños que van al colegio con el estómago vacío.
peq. sta. sofía lunaAl día siguiente partíamos temprano. Caminábamos de vuelta hacia nuestras maletas hechas. En la vereda de la muralla saqué la piruleta del bolso. El niño ya no estaba. En su lugar había otro, más mayor, con una camiseta negra de manga corta. Hablaba con otros dos más pequeños que permanecían de pie, al aproximarnos, se marcharon. Le di la piruleta. Atrás quedó, a los pies de la muralla, rodeado de parterres donde los pensamientos hacían dibujos hermosos, con sus flores sobre el césped, mirando la piruleta. Los tulipanes comenzaban a abrirse.

Enfilamos la calle de adoquines que se adentraba en el barrio donde dormíamos. Delante de nosotros, a unos pasos de distancia, iban los dos niños que hablaban con el de la muralla. Charlaban animadamente, a paso ligero. Uno de ellos sacó de su bolsillo dos cigarros, le pasó uno a su compañero, y encendió el suyo. Al acercarnos a la esquina donde el primer restaurante anunciaba turistas, el niño le dio la vuelta al cigarro encendido escondiéndolo detrás de su palma, y de repente, comenzó a cojear.
Al entrar en el pasadizo de restaurantes los alcanzamos; uno de los camareros que ofrecían la carta captando clientes los detuvo, se cruzaron unas cuantas palabras y se despidieron como colegas de calle. Me vino a la cabeza, la imagen de la casita de madera que el ayuntamiento de Estambul le ponía a los gatos callejeros para que durmieran a cubierto; unos metros más allá del lugar del niño de la muralla.casita gatos
árbol farolillos

Cadena de deseos

Estándar

Jose González – Stay Alive
http://youtu.be/KZnu7fVRPIc

Dos desconocidas encaradas en un vagón; dirección: Istambul.Istambul
Anónima de la izquierda carga con una maleta de mano morada con ruedas. Anónima de la derecha carga con el chico que se sienta a su lado; su peso se trasluce en la mirada vidriosa. Una observa a la otra.                                                                                                     La noche es una cortina echada al otro lado de la ventana; luces de suburbios salpican el reflejo de una vida que recibe codazos en su comienzo. Su acompañante está zambullido en su smartphone con el ceño fruncido. Entre ellos no intercambian mas que el aire que exhalan y respiran; una vez tras la siguiente.

Sentada enfrente, la testigo que los observa garabatea en una pequeña libreta, cuando acaba, le da unos golpecitos en la rodilla a la desconocida y le entrega la hoja que arranca. Solo entonces se cuela en el mundo tras el cristal, mientras por el rabillo del ojo ve en la otra, una mirada nublada que deja de llover, y una incertidumbre que despeja su cielo.
Mira con atención la hoja, consulta su teléfono, y al fin, entiende. Es entonces cuando el chico ve el papel en su mano y le habla rompiendo el momento a porrazos; con ojos de rapaz le señala el dibujo que sostiene. Ella responde en tono defensivo y le gira la cabeza. Las luces del exterior ahora brillan en su mirada.

Dos desconocidas encaradas en un vagón que se adentra en Istambul, se separan para siempre. Anónima de la izquierda se levanta empujando su maleta morada de ruedas. Anónima de la derecha y su acompañante apartan las rodillas para dejar paso. Una observa a la otra.

Las puertas se abren: dos miradas sobrevuelan el vagón; dos sonrisas que se intercambian el alma. Un sol que brilla en mitad de la noche turca.

***

Hozier – Work Song
http://youtu.be/0_oGM2o2y0Y

<<Otro vagón de metro que avanza a quejidos sobre las vías del sábado. A estas horas va prácticamente vacío. Como siempre mi vida va a contracorriente: voy a trabajar, ¿a dónde irá esta gente?>> En mis auriculares Work Song me acompaña en el trayecto. A la señora de traje y zapatillas le asoma por entre la abertura de la chaqueta una chapa, a altura del pecho de una camisa de rayas. <<Mira, ella también va a trabajar en fin de semana. Aunque seguro que no lo hace solo en festivos…>> Un hombre junto a una maleta, escribiendo. <<Mira, otro freaky de la palabra escrita. ¿Quién escribe hoy día con bolígrafo en un vagón de metro…? Pero qué hace, ¿eso es celo? Ja, ja, ja, ja, éste está peor que yo. ¡Está pegando un folio en la pared! Que se levanta, que se levanta.>>

Miro a otro lado. Pasa por delante. SCadena de deseosu maleta y él esperan frente a la puerta. Soy un gato con un momento aleteando en mi campo de visión. Me puede, me puede. Giro la cabeza hacia el asiento aún tibio. Le doy la espalda al desconocido. <<¿Y si me ve?>> Una oleada caliente me sube por el pecho hasta las mejillas; las manos me arden. Pero soy un gato, y ya sé qué momentos vienen después: los de siempre. Agudizo la mirada, a tres asientos de distancia las palabras se mecen sobre los raíles. Me coloco bien las gafas sobre el puente de la nariz. Oigo como las puertas se abren y el pitido que me apremia. Termino de leer y me descubro con el brazo apoyado en el asiento de al lado e inclinada sobre él. El momento se mueve. A través del cristal nuestras miradas se cruzan. El desconocido de la maleta se aleja; nos despedimos con una sonrisa en los ojos. <<El vagón de metro que avanza tarareando esperanzas.>>

***

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Above & Beyond – Satellite / Stealing Time
http://youtu.be/Fd1mRXkwUrA

Un marco hecho de ladrillos de caravista desnudos de enlucido y listones de madera, bajo pies que cantan en deportivas y zapatos de cordón negros, baqueteando al ritmo del contrabajo. Una corbata tirada sobre el suelo, acompañada por una copa de vino bermellón dejada a espaldas de unos vaqueros con chaqueta azul marino, que susurran a un micro. Unas manos recorren ávidas la garganta de cuerdas, sobre una piel bronceada de madera. Unas notas sobrevuelan el aire de glicina perfumándolo de promesas exhaladas bajo la presión de los dedos. Decenas de desconocidos sentados en el salón de tu casa: Gente EnBabia.

Junto a mí oigo a extraños chasquear dedos; percusionistas improvisados vestidos de público. Complicidad encubierta como pausas entre temas. La atmósfera del momento tejida de los haikus de Sergio; haikus que se enfundan medias de acuarelas para salir de entre las tapas, y tañer de océanos el ambiente, con los colores del agua de Luis; la voz confiesa en micro abierto que él ha venido disfrazado de haiku. No es el único, en la primera fila, una chica va disfrazada de lienzo. En su camiseta blanca de tirantes florece un árbol gris de palabras negras que alegan: <<Amor es… evolucionar junt@s>>. Mientras el concierto crece, ella trastea en su teléfono, en el bolso, en una servilleta sobre la mesilla verde. El momento queda en silencio y en el escenario dormitan los instrumentos; la desconocida se marcha depositando la servilleta sobre un taburete con partituras.
Cuando Max llega para recoger, descubre el papel y se lo muestra a Mateo y a Vicent.

“CAZADORES DE MOMENTOS
ENCORDADOS ENTRE DEDOS
Y VOCALES”

Dibujada, una clave de sol con forma de contrabajo acompaña el sentimiento: “Gracias por ser alimento de musa”.

***

clave de sol-contrabajo 001

Bo Saris – The addict
http://youtu.be/qrbtsa65Kgw

Un libro que hiberna sobre la estantería de una biblioteca de techos altos y columnas de piedra. En su interior, una nota que no es del autor, espera al siguiente lector. Palabras de un adicto dedicadas a otro adicto; palabras que encadenan momentos anónimos compartidos con desconocidos; palabras que buscan desempolvar humanidades; palabras que rebalsan deseos a extraños que viajan en este mismo tren.

<<No te conozco, tal vez jamás lo haré, y si te veo, no te reconoceré.

Pero deseo que encuentres lo que necesitas para elegir ser feliz.

Esta es una cadena de deseos en lugares públicos o comunes:

ignórala y permanece en lo conocido, respétala y que otrxs la lean o,

continúala como hago yo. Decidas lo que decidas te deseo lo mejor;

porque sin conocerte, sé que nuestras vidas están entrelazadas:

en aquel vagón, en esa ciudad, en ese bar, en esta red, en esta vida y en este mundo;

ayer, mañana, hoy.>>

***
¿…?