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Muérdeme con el viento de tu boca

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La panadería en activo más antigua de Valencia

La panadería en activo más antigua de Valencia

Handsome Family – Far from any road
http://youtu.be/ZRPpCqXYoos

Inspirado en los circlemakers
http://www.circlemakers.org

Con cariño a John Lundberg, desde la distancia
http://www.offkilter.co.uk/index.html

Un grupo de moscas bebían de un botellín abierto. John llevaba observándolas desde el primer y único sorbo; hacía ya una hora.

–Te acuerdas cuando jugábamos a dar a la valla con las piedras –solapó con un largo trago de cerveza.
–Sí, y cómo nos obligaba a bajar a recogerlas…
–Es que eran piedras que costaban dinero –replicó John.
–Sí, ya, piedras decorativas… –exhaló Ryan en un susurro mientras le mantenía la mirada a una mosca que correteaba por la herida de su brazo.
–A la tarde siguiente ya estábamos otra vez. Tratando de alcanzar la valla a tiro de piedras.

Desde el porche las dos sillas miraban a la hondonada y a la valla oxidada detrás del jardín abandonado. Al otro lado, un trigal crecía salvaje. El cielo ya oscurecía sobre la piel de gallina de los dos muchachos; John y Ryan permanecían en la misma postura. Una luz brillaba sobre la mesilla que los separaba. Seguía habiendo moscas.
John se desperezó levantándose, recogió un puñado de piedras del macetón seco más cercano y comenzó a lanzarlas con pases largos de brazo; hacia la valla. Ryan terminó su lata de cerveza y lo imitó.

–Feliz cumpleaños hermano.

Cuando llegaron a las piedras del último macetón marchito de la casa, la vela aún seguía brillando sobre la mesilla, había consumido gran parte del número dieciocho de la tarta que solo comían las moscas.

***

–¿Os habéis enterado? Han vuelto… En Alton Barnes. Dos pares de círculos, pero esta vez con garras;

paja al viento

Pintada en pared

se están volviendo agresivos, ya os lo digo yo.
El viejo Pete indicó moviendo el vaso que se lo rellenaran.
–Baaah… Ya estamos otra vez. Como si ser agricultor en estos tiempos no fuera ya bastante…
–Y cuándo ser agricultor ha sido bastante –cortó una voz arrancando resoplidos y risas.
–Los extraterrestres visitando nuestros campos de nuevo y vosotros preocupados por la cosecha, típico de los Keene –risas sueltas en el pub– y encima los hay con ganas de hacer bromas.
–¿Extraterrestres…? Una panda de gamberros llenos de cerveza, esos son vuestros “extraterrestres”. Menudo desperdicio.

Al final de la barra alguien exhaló por lo bajo:
–No veo por qué no se puede sacar provecho con ello… quién sabe… hasta podría ser algo bueno.
–Sí como publicidad gratis en periódicos, venta de cereales alienígenas, turismo para ver las señales…
La puerta del local se abrió y se cerró; dos personas salieron. Junto a los dos taburetes ya vacíos, un oído se quedó con el eco de aquella conversación; y se oyó en voz alta:
–¡Pues no veo por qué no podemos sacar partida con todo esto!
Todos los presentes levantaron la vista de la pinta de cerveza y miraron al final de la barra.
–Sí, ya sabéis: publicidad gratis en los periódicos, cereales alienígenas, venta de entradas para ver los campos. Ya sabéis, ese tipo de cosas…
–Qué Pete, ¡ya te veo esta noche rezándole a los extraterrestres para que visiten tu campo!
Carcajadas.

***

espigas al viento–Llévate la basura –gritó John.
Cogió tres cajas llenas de boyellines y otras dos de botellas de vidrio, las metió en el maletero y lo cerró. Y lo cerró. Y lo cerró… ¿Y lo cerró? Recogió las bolsas de nuevo y las echó en la parte trasera de la ranchera junto a una especie de batería. Condujo por el camino de tierra y baches.

Al llegar frente a la cadena, desenganchó el candado siempre abierto, y salió dejando la cadena sin echar. A la entrada del pueblo compró cuatro sacos de trigo para las gallinas; le preguntó al tendero cuando había sido la última vez que le había comprado, bromeando con que si se le volverían a acumular los sacos en el granero. Como no recibió respuesta los compró. Caminando hacia el vehículo vio el barro reseco succionando la pintura de los bajos. Ya en la tienda, cambió las cajas de vidrios llenos de aire por otras tantas llenas de líquido; se cargó dos sobre los hombros y encaró hacia la calle. En la caja, dos niños entorpecían su paso mientras la madre llenaba el carro; badeó el obstáculo. Junto a la ranchera, un anciano maniobraba su vehículo; esperó paciente en la acera a que terminase. De regreso al campo, un chivato comenzó a pitar en el salpicadero. Bip, bip, bip. Siguió conduciendo sin ni siquiera mirarlo. Bip, bip, bip.

***

De noche, en mitad de un campo de trigo, dos luces se mueven. Huele a tierra y a paja humedecidas. espiga 001John sujeta la linterna mientras avanza; mira a lo alto, a las luciérnagas en el techo, inspira hasta hinchar el estómago y suspira. <<La noche como un paño húmedo sobre los campos deshidratados. La vida diurna como una guadaña que siega despertares. Hasta la quietud del aire del campo se suicida en toda su belleza. Y yo soy la puerta por la que huyen las polillas; y es en mi mano, que empuño su arma. En la oscuridad de las faldas de las noches veraniegas, soy el viento que muerde tu figura, que troncha tus cabellos dorados dejando tirabuzones en tu rutina. Para darnos: una salida. Y con el alba, el perfume del rocío entre tus espigas alimenta mi alma.>>

John plantó la estaca de madera en la tierra con una maza y se alejó treinta metros. Tras de sí, un hilo de alambre seguía sus pasos desde el palo. En sus manos sostenía un aparato similar a una radio de radiofrecuencia conectada al extremo del alambre. Se la colgó a la espalda con unas correas caseras, y con el guante pegado al costado de su pernera cogió el alambre que se tensó. Miró a su acompañante y la comisura de la boca se curvó.
–Atención, la primera vez, es la mejor.
Ryan observaba todos sus movimientos.
–Ahora –dijo John apretando el interruptor a su costado.
En su espalda, el aparato inició un zumbido eléctrico minúsculo. Ryan no pudo evitar despegar los labios. De pronto, un camino de hormigas invisibles se abría paso a través del campo de trigo. Las espigas se apartaban a ambos lados del alambre tensado, como si el mismísimo Moisés abriera las aguas del mar Rojo.
John comenzó a caminar. Ryan lo seguía como un pastor alemán.
–El truco está en la muñeca y en estirar hacia el costado para que el alambre siempre esté tenso; así se logra un círculo perfecto. Ya le cogerás el tranquillo.
El trigo se inclinaba ante la sombra del alambre. Y jamás volvía a levantarse. Se quedaba postrado ante una fuerza invisible, todopoderosa, pero sin partirse. Millones de súbditos dorados eran doblegados por las cargas eléctricas que los recorrían de las nanoondas electromagnéticas que bailaban por el alambre. Ryan no podía apartar la vista del espectáculo.
–Parece magia… –balbuceó.
–Y sin embargo, no lo es.
–Pero… ¡Y cómo lograste ponerte en contacto con ellos!
–No lo hice.
–¡No lo hiciste! ¿Y entonces cómo mierdas es que sabes hacerlo?
–Simplemente, un día sentí curiosidad.
–¿Simplemente? –imitó burlándose–. ¡Qué coño!
–Lo demás fue tiempo, investigación, prueba y error. Pero lo primero fue la curiosidad.
–¡Claro que sí! La hostia… qué callado lo tenías… –Ryan, detrás, no perdía de vista a la ola–. Y también se lo contarás a otros…
–Si necesitamos a más gente, algún día, sí. Me gustaría hacer diseños más complejos. Y mejorar el sistema, ya sabes, pasar del cable; aún no sé cómo, pero sé que se puede: creando campos electromagnéticos.
–Creando campos electromagnequé… Jo–¡der! Pero tú te oyes –Ryan soltaba risotadas–. ¡Jo, jo, jo! ¡Sí Señor, vamos a crear putos campos electromagnécoños!
–Campos electromagnéticos –repitió John sonriendo–. Pero tendrá que seguir siendo un secreto.
–Pero… Y cómo van a poder continuarlo otros si lo mantenemos en secreto…
–De la misma forma que lo hice yo: un día tendrán curiosidad, razonarán, sentirán y… explotarán.

 

 

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