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La tragedia de la belleza (Basado en hechos reales)

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Nebulosa de brillos, sombras y color

Nebulosa de brillos, sombras y color

Yann Tiersen – J’y suis jamais alle (intro)

 

La sombra que da tu silueta no la da ninguna sombrilla. Arcilla en la cuenca de la mano; salitre en la comisura de los labios. Un sol como un disco afilado, pendiendo sobre la cabeza. Cosquillas líquidas encauzadas por el valle de la espalda, un mar verde entre el cielo y el suelo, transpira el perfume del azahar. Una camisa alrededor del cuello…

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Perspectiva de lo que pende

En la penumbra fresca de la tarde. Un móvil que devuelve el eco del vacío: la soledad de la casa, todo en orden, limpio y recogido, la suavidad del pincel acariciando las uñas. Todo perfecto. La ocasión definitiva, que esté todo perfecto. De música ambiental, las risas y gritos de los niños en el parque, trinos de vencejos sobre el circuito de la plaza. El esmeril en la planta de los pies. Un culotte de transparencias negras y ribetes naranjas que erizan los muslos en su ascenso. El camisón de raso que él prefiere, humedecido por el calor bajo sus senos, pezones delimitando la tela. Y la cuerda, áspera y rugosa, entre sus dedos. Es el momento, justo, alineado, exquisito…

 
Linkin Park & Steve Aoki – A Light That Never Comes

La tragedia de la belleza

La belleza de la tragedia

“… The nights go on
Waiting for a light that never comes
I chase the sun
Waiting for a light that never comes…”

Del cuello. Unas manos sudorosas que tiñen una camisa, enroscándola alrededor del cuello como una constrictor. Una serpiente con mangas que cuelgan sobre el torso desnudo. El perfume de esta tierra de las flores y de la luz suspirando su adiós. Unos brazos moldeados anudan las mangas vacías de carne, llenas de voluntad, al brazo de uno de los árboles. De rodillas sobre la tierra grumosa. Aún mecido en medio del eco de la malta tostada…

 

La tragedia de la belleza

La tragedia de la belleza

BROODS – Never Gonna Change

“… And I hate that I’m always so young
Have me feeling like you are the one
And it’s never gonna feel like it’s time
Cause it’s never gonna change
Never gonna change…”

Exquisito es el hilo que trenza infinitos hilos, sosteniendo una vida entre sus hebras que lo sostuvo a él primero. Una cuerda que espera a que se abra la puerta para completar su existencia y, aparezca él. No, así sí, pero no. Un mensaje que se envía por el móvil desde el porvenir:

 

“… When the flood gates open, erase the shores

Camino de sombras

Camino de sombras

At best you don’t care that it breaks some doors…”

Linkin Park

 

 

La malta tostada es unos watsapp que no se contestan. Pendida de un hilo la vida. No hay sombra como la de las ramas y hojas. El perfume que ya llega al paladar. La gravedad de la voluntad es lo que tira de la improvisada soga; ni es el peso ni la fuerza ajena. Con las rodillas cobijadas en tierra, el peso muerto de los pensamientos, el sabor del azahar como último aliento (para algunos, vivir es un esfuerzo), el tacto de la corteza en los callos, una camisa que estrangula el peso de la carga que se libera, la lengua que se expande para decir lo que nadie quiere oír, la nuez que quiere tragar una decisión. Y al fin la paz con el abrazo en la garganta, las palmas sobre el tronco y los pies en tierra; así es como lo encuentran.

Entre tus piernas

Entre tus piernas

“… And I hate that I can’t say your name
Without feeling like I’m part of the blame
And it’s never gonna feel quite the same
But it’s never gonna change…”

BROODS

: “No vengas a casa solo”. Una soga de triple nudo con un lazo adornando el envoltorio en mitad del comedor. La sorpresa es el cuello de ella al final del lazo, con los pies desnudos y las uñas naranjas sobre el piso recién pulido, las rodillas semiflexionadas, la cabeza ladeada con el cabello planchado recogido sobre uno de los hombros. El clic de la llave abriendo la cerradura y el “espera, no entres, vamos nosotros primero”.

Yann Tiersen – J’y suis jamais alle

“La idea de la muerte siempre estará ahí, como una salida. Tienes que aceptarlo, y aprender a convivir con ella.”

Dr. Zafra, psiquiatra

Diáfano de brillos, sombras y color

Diáfano de brillos, sombras y color

 

 

Donde acaba el arcoiris

Donde acaba el arcoiris

La paradoja de ver

Paradoja de ver

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Encuentro y autoconversación

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A Dori, Ana, María, y a su padre.

encuentro2Canción Autoconversación de Pasajero

Valencia, 8 de abril de 1980

Llovía cuando salimos del Tropic Bar. Los dos nos mirábamos con sofoco, como dos adolescentes, curioso pasado que se nos embestía con frescura. Aún recordábamos nuestras sonrisas picaronas: bocas abiertas recogiendo el mundo; aún guardábamos los besos cautelosos: miradas furtivas creadoras de ilusiones.

No llevábamos paraguas, ni abrigos, la tormenta estival nos sorprendió como el encuentro casual en aquel bar. Manuel me agarró de la mano y corrimos hacia el coche. Nos llenamos de risas nerviosas, nos llenamos de ganas, nos llenamos, sí, dos viejos colmados de deseos.

Las piernas no me daban, tantos años sin correr…, y temía caer sobre el suelo mojado, sin embargo, Manuel me estiraba con desespero, me estiraba y corría. No hubo tiempo de llegar al coche. Estábamos empapados. No hubo lugar a palabras fingidas, ni a galanteos artificiales, no, el tiempo se nos había escapado, ¡maldito tiempo que todo se lo lleva!

Manuel me agarró por la cintura y me apretó contra su cuerpo, todavía contundente. Uno frente a otro, miradas nerviosas, labios hambrientos. Recorrió su lengua por mi cuello, bebiendo las gotas que chorreaban por mi piel, lamió con los ojos cerrados, curioso, empeñado en recordar lo que un día probó. Llegó a mis labios y los bordeó con la punta de aquel pincel que dibujaba rincones: lengua diestra, sueños de acuarela. Provocó mi deseo, enervó una lujuria desconocida que exigía una invasión inminente, carne contra carne, mezcla necesaria. Abrí los labios y tragué su carne, lamí sus sabores, como dos locos abrimos nuestros cuerpos empapados, en plena calle, a dos palmos del coche.

El cielo redobló sus intenciones y una cortina de agua regaló privacidad al encuentro sobre el asfalto: charcos recogiendo caudales, nubes fisgonas y tacto macizo, recorrido calado. Nos besamos, como dos animales callejeros nos abandonamos ante las ganas, ante la furia contenida que los años imponen sin arrepentimiento. Locura, sí, hombre y mujer y licencia sobrevenida. ¡Qué justiciero es el destino!

Siempre tuya, Elia

***

<<¿Quién era ese hombre?>>

El funeral ya había acabado hacía seis horas, y Ana seguía revolviendo entre la basura de su padre: brochas, libros, cubos (decenas de cubos de pintura vacíos para todo), bicicletas (más bicicletas que hijas), lienzos, cordeles de todos los tamaños y texturas, poemas, cartas… Una de ellas se deslizó hasta sus pies como una hoja mecida por la gravedad. Era una escritura sincera, abierta, no como aquellos sonetos indescifrables que poseían al viejo. Era la carta de una mujer, ¿sería ella?, ¿sería aquella?: la otra, de la que hablaba su madre. ¿Sería la carta de la misma mujer que había arrancado a su padre del brazo de su madre, la culpable de que él se quedara a dormir en el campo…? Durante su infancia y su adolescencia solo lo veía a la hora de comer, en aquel piso que reinaba su madre sin ser suyo.

Ana se sentó en la misma mecedora que tantas horas había masajeado, con sus manos de mimbre, los huesos de su padre; donde su prima le había dicho que se pasaba las horas de su jubilación leyendo. Su prima, la misma que se había acercado a ella junto al nicho de cemento mientras terminaban de sellar el ataúd, la había abrazado, y con lágrimas le había susurrado: “Tu padre te quería, podía no parecerlo…, pero sé que te quería muchísimo”.
<<¡Qué derecho tenía!>>

–Qué sabrás tú de mi padre…
–Pues sé que quería haber sido mecánico en vez de pintor…, pero sus padres no le dejaron –empezamos a pasear entre cipreses y ángeles de piedra–; sé que le echaba la culpa a la guerra por haber liberado a su padre de la obligación de llevarlo al colegio; sé que aprendió a leer y a escribir por su cuenta, y que aún así, se seguía llamando a sí mismo analfabeto; sé que tenía algo de azúcar y ácido úrico, y que se privaba de comer por ello diciendo: “Toda la vida pasando hambre…, antes por no tener, y ahora por no poder”; sé que la artrosis no lo dejaba quieto y que no fue la razón por la que dejó de escribir –llegamos al aparcamiento–; sé que amó a una sola mujer con la que no se pudo casar y que la sobrevivió con arrepentimiento y amargura; y sé que quería a sus hijas por encima de todo, porque os ha dejado lo que más ha valorado y querido en su vida: sus sonetos; su campo. Yo sé quien era tu padre, si tú quieres saberlo, saber la otra verdad, tengo el coche ahí mismo, te puedo acercar…

Su prima, después de hacerle una visita guiada por lo que fue su padre, la había dejado allí sola, en aquel campo, entre sus cosas cargadas de él y vacías de sí mismas. ¿Quién había sido en realidad aquel hombre? ¿El pintor de brocha, o el de pincel? ¿El poeta? ¿El ciclista? ¿El marido? ¿El padre? ¿Manuel?

Ana se quedó dormida en la mecedora con las perras respirando a sus pies y el regazo lleno de los sonetos agridulces de su padre; abrazada a las cartas de aquella mujer, sin saber, si desbordaban cuentos o realidades. Así fue como la encontré a la mañana siguiente: resacosa de lo que pudo haber sido; resacosa del maldito tiempo.

¡Qué justiciero es el destino!; para quien quiere oírlo.

DSC_0325-1Montse Espinar y Alisa De Trevi

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Algo sobre mí…
El encantamiento, la fascinación, dejarse llevar, atreverse y perder la orientación… ¿A quién no le gusta cerrar los ojos y abandonarse al sueño, a la fantasía, a la capacidad consoladora de manejar los hilos de la historia, de la inventiva? Volvamos atrás, o no, mejor, demos las zancadas necesarias hasta llegar a aquello que aún no ha ocurrido: lo desconocido, lo imposible, lo incierto, lo difícil… ¡Bailemos, eso es! Recorramos aquellos rincones misteriosos que se nos muestran como una insinuación, como un latido sugerente de reservas y profundidades provocadoras. Pasemos al otro lado, palpemos aquello que no tiene tacto, olfateemos aquello que se dispersa en un ambiente de aromas veleidosos; degustemos el suculento plato de la ilusión y no permitamos que la materialidad, con sus manos constrictoras, deshaga la maravillosa capacidad de soñar.

Montse Espinar