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Monolítica

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“El interior del túmulo latía con la danza de las llamas. Olía a tierra húmeda caliente. Sombras, de cerámicas y divinidades talladas en hueso, aguardaban mi último suspiro, como yo mismo. Las caras de los míos se coleccionaban titilantes a mi alredor. Sólo cabía el silencio.

Hasta que una ola de murmullos fue creciendo, interrumpiendo así mis últimos recuerdos…”

(Continuación: http://lasdoscastillas.net/monolitica-por-alisa-de-trevi-escritos/ )

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Encuentro y autoconversación

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A Dori, Ana, María, y a su padre.

encuentro2Canción Autoconversación de Pasajero

Valencia, 8 de abril de 1980

Llovía cuando salimos del Tropic Bar. Los dos nos mirábamos con sofoco, como dos adolescentes, curioso pasado que se nos embestía con frescura. Aún recordábamos nuestras sonrisas picaronas: bocas abiertas recogiendo el mundo; aún guardábamos los besos cautelosos: miradas furtivas creadoras de ilusiones.

No llevábamos paraguas, ni abrigos, la tormenta estival nos sorprendió como el encuentro casual en aquel bar. Manuel me agarró de la mano y corrimos hacia el coche. Nos llenamos de risas nerviosas, nos llenamos de ganas, nos llenamos, sí, dos viejos colmados de deseos.

Las piernas no me daban, tantos años sin correr…, y temía caer sobre el suelo mojado, sin embargo, Manuel me estiraba con desespero, me estiraba y corría. No hubo tiempo de llegar al coche. Estábamos empapados. No hubo lugar a palabras fingidas, ni a galanteos artificiales, no, el tiempo se nos había escapado, ¡maldito tiempo que todo se lo lleva!

Manuel me agarró por la cintura y me apretó contra su cuerpo, todavía contundente. Uno frente a otro, miradas nerviosas, labios hambrientos. Recorrió su lengua por mi cuello, bebiendo las gotas que chorreaban por mi piel, lamió con los ojos cerrados, curioso, empeñado en recordar lo que un día probó. Llegó a mis labios y los bordeó con la punta de aquel pincel que dibujaba rincones: lengua diestra, sueños de acuarela. Provocó mi deseo, enervó una lujuria desconocida que exigía una invasión inminente, carne contra carne, mezcla necesaria. Abrí los labios y tragué su carne, lamí sus sabores, como dos locos abrimos nuestros cuerpos empapados, en plena calle, a dos palmos del coche.

El cielo redobló sus intenciones y una cortina de agua regaló privacidad al encuentro sobre el asfalto: charcos recogiendo caudales, nubes fisgonas y tacto macizo, recorrido calado. Nos besamos, como dos animales callejeros nos abandonamos ante las ganas, ante la furia contenida que los años imponen sin arrepentimiento. Locura, sí, hombre y mujer y licencia sobrevenida. ¡Qué justiciero es el destino!

Siempre tuya, Elia

***

<<¿Quién era ese hombre?>>

El funeral ya había acabado hacía seis horas, y Ana seguía revolviendo entre la basura de su padre: brochas, libros, cubos (decenas de cubos de pintura vacíos para todo), bicicletas (más bicicletas que hijas), lienzos, cordeles de todos los tamaños y texturas, poemas, cartas… Una de ellas se deslizó hasta sus pies como una hoja mecida por la gravedad. Era una escritura sincera, abierta, no como aquellos sonetos indescifrables que poseían al viejo. Era la carta de una mujer, ¿sería ella?, ¿sería aquella?: la otra, de la que hablaba su madre. ¿Sería la carta de la misma mujer que había arrancado a su padre del brazo de su madre, la culpable de que él se quedara a dormir en el campo…? Durante su infancia y su adolescencia solo lo veía a la hora de comer, en aquel piso que reinaba su madre sin ser suyo.

Ana se sentó en la misma mecedora que tantas horas había masajeado, con sus manos de mimbre, los huesos de su padre; donde su prima le había dicho que se pasaba las horas de su jubilación leyendo. Su prima, la misma que se había acercado a ella junto al nicho de cemento mientras terminaban de sellar el ataúd, la había abrazado, y con lágrimas le había susurrado: “Tu padre te quería, podía no parecerlo…, pero sé que te quería muchísimo”.
<<¡Qué derecho tenía!>>

–Qué sabrás tú de mi padre…
–Pues sé que quería haber sido mecánico en vez de pintor…, pero sus padres no le dejaron –empezamos a pasear entre cipreses y ángeles de piedra–; sé que le echaba la culpa a la guerra por haber liberado a su padre de la obligación de llevarlo al colegio; sé que aprendió a leer y a escribir por su cuenta, y que aún así, se seguía llamando a sí mismo analfabeto; sé que tenía algo de azúcar y ácido úrico, y que se privaba de comer por ello diciendo: “Toda la vida pasando hambre…, antes por no tener, y ahora por no poder”; sé que la artrosis no lo dejaba quieto y que no fue la razón por la que dejó de escribir –llegamos al aparcamiento–; sé que amó a una sola mujer con la que no se pudo casar y que la sobrevivió con arrepentimiento y amargura; y sé que quería a sus hijas por encima de todo, porque os ha dejado lo que más ha valorado y querido en su vida: sus sonetos; su campo. Yo sé quien era tu padre, si tú quieres saberlo, saber la otra verdad, tengo el coche ahí mismo, te puedo acercar…

Su prima, después de hacerle una visita guiada por lo que fue su padre, la había dejado allí sola, en aquel campo, entre sus cosas cargadas de él y vacías de sí mismas. ¿Quién había sido en realidad aquel hombre? ¿El pintor de brocha, o el de pincel? ¿El poeta? ¿El ciclista? ¿El marido? ¿El padre? ¿Manuel?

Ana se quedó dormida en la mecedora con las perras respirando a sus pies y el regazo lleno de los sonetos agridulces de su padre; abrazada a las cartas de aquella mujer, sin saber, si desbordaban cuentos o realidades. Así fue como la encontré a la mañana siguiente: resacosa de lo que pudo haber sido; resacosa del maldito tiempo.

¡Qué justiciero es el destino!; para quien quiere oírlo.

DSC_0325-1Montse Espinar y Alisa De Trevi

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Algo sobre mí…
El encantamiento, la fascinación, dejarse llevar, atreverse y perder la orientación… ¿A quién no le gusta cerrar los ojos y abandonarse al sueño, a la fantasía, a la capacidad consoladora de manejar los hilos de la historia, de la inventiva? Volvamos atrás, o no, mejor, demos las zancadas necesarias hasta llegar a aquello que aún no ha ocurrido: lo desconocido, lo imposible, lo incierto, lo difícil… ¡Bailemos, eso es! Recorramos aquellos rincones misteriosos que se nos muestran como una insinuación, como un latido sugerente de reservas y profundidades provocadoras. Pasemos al otro lado, palpemos aquello que no tiene tacto, olfateemos aquello que se dispersa en un ambiente de aromas veleidosos; degustemos el suculento plato de la ilusión y no permitamos que la materialidad, con sus manos constrictoras, deshaga la maravillosa capacidad de soñar.

Montse Espinar

 

La 1ª y la 2ª célula enferma (cuento seleccionado para publicación)

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Con motivo de la selección de “La 1ª célula enferma” para su publicación, le ha surgido a nuestra primera, otra 2ª célula enferma. Aquí la dejo. Y aprovecho para poneros la invitación a la presentación del libro, e informaros a los miles de millones de lectores ;P que podéis conseguir vuestro ejemplar por encargo, al módico precio de los costes de edición (7 €) y gastos de envío (Península 4 €).

La 1ª cél. enferma

Santigold – Freak like me
http://youtu.be/NyunTKdUI10

A Ana, todo un reactivo 😉

La enfermedad: ¿es un estado o una condición? Me siento sola en este ingente cuerpo; asediada por la gente que se deja llevar por el torrente sanguíneo. Levantan los brazos sin mirar al suelo y se lanzan por toboganes infinitos de venas y arterias. No me reconozco en mis iguales; son un espejo borroso; coincidimos en la masa informe de la imagen, pero bajo lupa… Los píxeles son, universos de matices. ¿Siempre fue así, o hubo algún catalizador? Ya de niña, siendo una célula madre, debía de apuntar maneras, porque las otras células madre me hacían el vacío y me llamaban “rara”. Cuanto más me señalaban, más engordaba y engordaba mi membrana celular y más me recogía hacia dentro, mirándome el ombligo, y más me diferenciaba cultivando mis orgánulos; cuanto más se distanciaban de mí, más espacio dejaban a mi alrededor, y yo me veía obligada a rellenarlo, y tenía que expandir mi citosol y hacer crecer mi núcleo, y crecía, y crecía… Quién empezó el ciclo, ¿fueron ellas o fui yo? Las balanzas tienen dos brazos, nunca son mancas, como tampoco son mancas las respuestas; llegan como las abejas, primero una, la exploradora, y después en multitud si encuentran néctar. A medida que iba creciendo, menos miraba al resto, y más me especializaba en el camino tortuoso. Pero fui tropezándome con otras a las que también apartaban del músculo; no nos miramos a los ojos, estábamos demasiado ocupadas con nuestros núcleos, creciendo. Y así seguimos durante años, en solitario, cavando nuestra propia epidermis, juntas pero no revueltas. Me siento sola. Cuanto más trato de relacionarme con las demás células del cuerpo al que pertenezco, más sola me siento. La comunicación es como cualquier tendón, cuanto menos lo estiras y lo usas, más se retrae y se oxida. ¿Estoy enferma?, o, ¿soy una célula enferma? Los cromosomas que están en mi interior me dieron la vida y me conformaron, los odié en mi subconsciente: eran los que me habían creado diferente a ojos de las demás; los combatí durante los años de mi adolescencia y primera juventud; permanecí en estado latente. Al final encontré un propósito, un trabajo que me reconfortaba y que, además, se me daba bien: las sagradas escrituras del ADN. Me volqué en ello como si fuera un flotador en medio del vasto plasma; el Sr. Ácido Desoxirribonucleico era dios, y si dios había creado el mundo también podía mejorarlo; dejé de ir en contra de quien me había dado la vida y empecé a conocer para poder entender. ¡Podía cambiar mi rumbo! Pero aquello que denominaban escrituras no se escribían, sino que se repetían; las mismas historias una y otra vez, una y otra vez, otra vez y, entonces, una. Me consumía copiar y copiar lo que ya estaba dicho. Inamovible. ¡Soy un ser creativo! ¡Que me dejen ser y crear! Así pues, empecé a hacer ligeras variaciones en la cadena del genoma: esta base combinaría mejor con esta otra aquí, este triplete de nucleótidos sería más eficaz con un poco de ritmo de estos otros aminoácidos, ¿que es ruido?, ¡quién lo ha dicho! Me despidieron de la fábrica, pero el ácido ribonucleico ya había concluido su trabajo, y las mutaciones que había creado ya eran inmortales, aunque pasaran milenios archivadas en la genoteca virtual, algún día verían la luz. A lo largo de mi vida me han llamado muchas cosas: desarraigada, bulto, rara, más falsa que una moneda de chocolate (me encanta el chocolate), masa, loca, tumor… zorra. Este fue el último piropo que me dedicaron. Al quedarme en paro, me dediqué, en materia y cuanto, a seguir escribiendo secuencias genéticas por mi cuenta y a probar suerte presentándolas a concurso. Las polimerasas buscaban mejoras evolutivas para las siguientes generaciones. Una de aquellas secuencias mías fue seleccionada, y empecé a sentirme menos sola. Tal vez pudiera entenderme con otras células que también hablaran el lenguaje amino-carboxilo… La esperanza palpitaba en mis membranas. En el email que recibí del organizador del concurso, informándome de que era una de las seleccionadas, descubrí las direcciones de otras concursantes; en mi euforia química, di por sentado que sus escritos también habrían sido seleccionados para ser incluidos en las células sexuales, y que sentiríamos el mundo de los tejidos de igual forma. Y me puse en contacto con ellas enviándoles parte de mi trabajo. Pero me equivoqué. A menudo peco de contradictoria, de malentendida; será que mi inconsciente, igual que pone mi vista en lo diferente, por defecto, busca provocar la diferencia con el resto… Corroborar etiquetas. Meter nuestra complejidad en cajones. Simplificarnos escondiéndonos en armarios. Mi pH es extremófilo. Padezco una demencia senil prematura de laboratorio; olvido una de las máximas de la filosofía de pipetas: ir siempre de menos reactivo a más. Los grandes descubrimientos de la historia se han dado gracias a colaboraciones y al compartir de trabajos en desarrollo. Qué sería un newton sin su faradio. Mis mitocondrias aún están digiriendo a la zorra; qué le vamos a hacer, es el colmo de toda estreñida crónica, repetir la comida. Pero otras cuatro células me contestaron de mejor humor vítreo, y ahora estamos en contacto, conociéndonos… No sé si llegara a algún lado todo esto. ¿Importa? Todo en esta vida puede sintetizarse a ensayo y error. Seguiré probando, enviando mensajes en una botella al universo en diferentes longitudes de onda, esperando, buscando, más que una contestación, un diálogo eterno. Expandirse con otr@ como una supernova. ¿Estoy enferma de mí misma, o soy una enferma para los demás? Los estados de la materia pueden revertirse; quiero licuarme, sublimarme con otr@, que me solidifiquen. ¿Hay enfermedad porque donde hay enfermedad hay cura? O, ¿porque no nos curamos enfermamos? Seguiré probando, gritándole al corazón y al cerebro que me gobiernan: “¿Hola? Hay alguien más ahí…” Aunque solo retornen los ecos. La repetición nos lleva a la locura y a la mejora. En mi caso, creo que me convertí en tumor por abandono: de los demás; de mí misma. Podría remitir; podría congelarme; o podría convertirme en cáncer. Hay tantas opciones… Tantas posibilidades… Podría haber sido tan diferente… ¿podría? Desconozco mi futuro; ¿lo desconozco?

Morir digiriendo sentimientos; morir, solo para demostrar, que teníamos razón: “No, no puedo”.

 

La 1ª cél. enferma-portada