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Cinco moquitos (cuento infantil en prosía)

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A Pablo en  su dislexia, para que descubra

la magia y el poder de la palabra escrita.

Cuadro marco de fotos en madera, barniz y relieve.

Cuadro marco de fotos en madera, barniz y relieve (haz)

Había cinco moquitos

que llevaban a Pablo frito.

 

Transparente era de los cinco

el más bueno, pues de su nariz

sacaba las porquerías.

Después, venía Blanquita

embozando las cañerías,

sin dejar respirar bien.

Cuando Amarillento aparecía

ya algo se torcía:

empezaba a oler fatal.

Cuadro marco de fotos (envés)

Cuadro marco de fotos (envés)

Verdosa podía dar dolor,

pero Rojo era sin duda el peor;

resecaba y cuarteaba

haciendo el inspirar un horror.

Había cinco moquitos,

que en realidad eran el mismo,

Pablo se lo sonaba

y veía cambiar su ropa de color,

y así, sabía cómo se encontraba

hoy, el moquito de humor.

cinco moquitos

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Pelo pincho

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Ben Sollee – Try

A mi amiga de infancia y a mi sobrino; os prometo que lo que hoy cuesta

mañana lo hará menos, es cuestión de práctica y paciencia.

pelo pincho 2

Las velas aún seguían encendidas en la tarta, esperando un deseo que las liberara. El dulce de crema y fondant se desinflaba a la intemperie. Voces colapsaban el aire; las de los padres ascendiendo en nerviosismo, las de los demás niños impacientes por terminar el escondite improvisado en momento tan inoportuno.

Encontraron a Pablo en la casita de plástico donde guardaban los utensilios de jardinería. Estaba sentado en el suelo, rodeado del mocho, la escobilla metálica, el rastrillo y la escoba de fuera.

–Pablo tus amiguitos están esperando la tarta, ¡qué haces!
–Pues jugar…
–Pero cómo que jugando –la madre miró al niño y a los palos dispuestos en círculo a su alrededor–, ¿no quieres abrir los regalos y ver los juguetes nuevos que te están esperando?
–Pero Mamen no los necesito, ¡mira qué juguetes! –insistía el niño señalando las herramientas de jardín.
–Cariño pero esto no son juguetes, te puedes hacer daño, y tus amiguitos te han regalado un montón de cosas chulas, ¡venga, vamos a verlos!

Pablo giró el hombro agachándolo lentamente y consiguió que su mano le obedeciera a la primera, soltándose de la de su madre, y volvió a sentarse en el centro de la tertulia separando de forma exagerada las piernas para poder acometer la sentadilla.
–Este es Moncho –dijo mientras sus dedos se acercaban haciendo vibrar los pelos del mocho que era levantado en un frenesí tembloroso– es el surfista. Este es púas –la mano se abrió dejando que Moncho se estrellara para acercarse a continuación a la escobilla.
A medida que sus dedos se acercaban al abanico de hilos metálicos volvieron a temblar; la mano sobrevolaba las púas dispuestas hacia arriba como un colibrí, hasta que por fin consiguió quedarse enganchada en algunas. Su madre se llevó la mano a la boca estampando un sollozo ahogado contra la palma.

–Ves mamá, los miras mal, si das la vuelta ahí están las cabezas, no tienen brazos. Este se llama Pablucho, es mi preferido. Para la fiesta que viene después quiero el pelo como él. ¡Mira mamá! Así, así… –decía estirándose el pelo hacia el techo para que su madre lo entendiera.

Pelo pincho

Después de sesenta segundos intentando agarrarla, al fin la cabeza de la escoba reposaba en el regazo de Pablo, y el niño ronroneaba una risa por lo bajo con cada caricia del pelo de la escoba en su nariz y mejillas. La madre estaba sentada a su lado, observándolo con las pupilas entumecidas.
–Y dices que se llama Pablucho…
–¡Sí!
–Y este qué es, ¿batería de un grupo de punkies? –su hijo rió al oír la ocurrencia de su madre.
–Qué graciosa eres mami.
–Y… ¿no crees que Pablucho tiene el pelo un poco sucio de andar todo el día arrastrado… su pelo por el suelo?
Pablo se quedó sosteniéndole la mirada al vacío y respondió:
–¡Mira qué chulo!

La madre, con la comisura del labio torcida, acercó la cara a la escoba que olía a hojas manidas, cerró los ojos apretando los párpados, y apoyó el mentón en el brazo apuntalado en la pierna, preparada para darle a su hijo el agónico minuto que necesitaría para acercarle la escoba; sin embargo, notó la caricia de su hijo a través de las cerdas del cepillo casi de inmediato. Abrió los ojos con asombro y le miró la mano: el palo apenas le temblaba.

–¡Está aquí! ¡Está aquí! ¡He ganado! –se oyó gritar desde el umbral.
Una carita entró dando saltos y en mitad de uno de ellos se dejó caer al suelo sentándose junto a Pablo.
–¿Qué hacéis?
–Jugar.
–¿Jugar? –la niña miró el círculo de “invitados” con el ceño prendido.
–Mira Laia te presento a Moncho, Púas, este es Pablucho y ese… ¿quién es cariño? –preguntó Mamen señalando al rastrillo.
–Pues no sé.
–¡Rasta!, se puede llamar Rasta.
–Se llama Rasta mamá –y su mano se alargó temblando hacia el rastrillo.
Laia lo cogió levantándolo y se lo pasó a Pablo que la miraba sonriendo.